sábado, 16 de septiembre de 2017

La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

Si hay algo que defina a la perfección esta obra es que se sale de lo convencional en muchos sentidos y que el autor lleva a la fantasía la propia historia de este texto. Metaficción velada y sutil.

En una biblioteca municipal de Bretaña el encargado reserva un espacio para almacenar todos los manuscritos que no se han ganado la confianza de los editores, como le sucedió a esta misma obra en su momento. Más por compromiso que por otro tipo de motivación una editora llega con su pareja ─un escritor de talento cuestionable─ a aquel remoto lugar y fruto del azar cae en sus manos uno de esos textos abandonados: Las últimas horas de una historia de amor, novela firmada por un tal Henri Pick, autor desconocido que, según el testimonio de su familia, ni leyó ni escribió en su vida. Al calor de la investigación sobre este inesperado autor, la novela se publica y obtiene un éxito que desborda a su viuda y a otro puñado de personajes entre los que cabe destacar a su hija y a un periodista cultural que ve en todo este inesperado éxito un filón para relanzar su carrera. 

Este libro pone de manifiesto las bajezas más mezquinas del negocio editorial en el que no pocas veces el marketing se impone a otros criterios de edición. Tras la apariencia de un thriller se esconde una novela conmovedora, muy fresca, con ironía en su justa medida, eficaz en términos narrativos, con final cerrado y personajes bien definidos. La trama no cansa ya que está construida de un modo tremendamente ágil y original.

Además, quiero pensar que era voluntad de Foenkinos escribir un texto que sirviera de homenaje a grandes novelas que en primera instancia no gozaron del beneplácito de muchas editoriales. Por citar las más célebres, La conjura de los necios, de John Kennedy Tool, o En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, no superaron el filtro y hoy nadie cuestiona ni su calidad ni su valor comercial.

El punto de partida de la novela invita a una reflexión sobre la escritura. En esa biblioteca se acumulan decenas de manuscritos de personas que han sentido el impulso de escribir y de que les lean. Estos escritores se deben enfrentar a un fracaso que acaso no sea enteramente suyo, sino del que las grandes empresas que deciden lo que leemos tengan una parte (no necesariamente menor) de responsabilidad.


martes, 5 de septiembre de 2017

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker

El insultantemente joven escritor suizo ha dado con la fórmula mágica de las novelas policíacas y este feliz hallazgo le condujo, hace ya un puñado de años, a saborear las mieles del éxito con su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, a la que hoy dedicaremos unas líneas. 

Creo haber dicho en anteriores ocasiones que los best sellers suelen producirme un instintivo y prejuicioso rechazo, que poco o nada tiene que ver con el texto o con el autor del mismo. De quien suelo desconfiar es de la gente, que ha encumbrado a autores de dudosa calidad en cuanto a forma y a contenido se refiere. 



Lo que sucede es que la lectura de alguno de estos superventas sorprende gratamente, y tal es el caso de esta historia. Algunos teóricos opinan que una vez se conocen los elementos y los entresijos de la novela negra, un poco de imaginación y buen hacer en el noble arte de la escritura es más que suficiente no solo para generar una producción constante de este tipo de obras (ya sea modesta, ya sea ingente), sino para vivir de ello. Probablemente en esta hipótesis haya algo de verdad, pero no es menos cierto que Dicker controla el mecanismo de las novelas policíacas a la perfección. Reserva sabiamente la información aportada, describe a los personajes usando varios puntos de vista incluido el del propio narrador en busca del despiste, y guarda siempre un par de giros finales para desarmar las hipótesis que como lectores hemos ido construyendo a lo largo del texto. Esta novela es de esas que se devoran, a pesar de su extensión.

El fragmentado marco temporal (la narración se mueve entre 1975, 1998 y 2008) no impide que mostremos interés y compasión por la víctima, prototípica (si se quiere) de pelis y novelas como la que nos ocupa: una joven de quince años desaparecida en los 70 en un pequeño y previsible pueblo de Estados Unidos. Un joven escritor de éxito llamado Marcus Goldman (en el que no puedo evitar ver algún detalle autobiográfico del autor) ve cómo su mentor, Harry Quebert, es acusado años después de la desaparición y muerte de la víctima al ser hallado el cadáver de la joven en el jardín de su casa. No pierde ocasión de escribir un libro sobre este caso con el fin último de defender a su maestro, aunque (a veces pasa) tenga para eso que forrarse y caer en el morbo. Huelga decir (no me digan que es spoiler o destripe) que Quebert es inocente y que en el camino hacia el culpable reside el placer de los últimos capítulos. 

Lamento haber intuido antes de tiempo quién era el malo, pero no culpo al autor de ello: prefiero pensar que es consecuencia de mi dilatada experiencia como lector de textos de este género del que me cuesta cansarme. Eso sí: si vuelve a caer en mis manos alguna lectura de este muchacho y vuelvo a pillarle en algún renuncio más serio que los que contiene este novela (hay una historia de amor un tanto inverosímil, si se quiere, y otros detalles que no le quitan valor a la obra siempre y cuando se vea en ella un mero objeto de entretenimiento, claro está) no seré tan benevolente con mi juicio. 

El texto se presta a una adaptación cinematográfica, así que quizá pronto la tengamos en la gran pantalla. Si eso sucediera, convendría que los diálogos fueran revisados y modificados. En lo que a estilo se refiere, es la parte menos conseguida.