domingo, 16 de agosto de 2015

Rayuela, de Julio Cortázar (Parte II, Del lado de acá)

He aquí la segunda parte de esta extraña reseña dividida en dos bloques. En principio, había pensado escribir también una tercera parte que recogiera mis impresiones sobre el último apartado de esta obra, titulado "De otros lados (capítulos prescindibles)". Pero finalmente cambié de opinión. Quizá más adelante me ponga con ello.

La historia de "Del lado de acá" transcurre en Argentina, cuando a Horacio le deportan desde París. En el muelle le esperarán su mejor amigo, Traveler, y la esposa de este, Talita, que trabajan en un circo en cuya plantilla consiguen incorporar a Horacio. Nuestro protagonista entabla una especie de relación amorosa con una tal Gekrepten, por la que no parece estar interesado en absoluto, y con quien parece haber tenido una  relación antes de irse a Francia. 

Traveler nota extraño y cambiado a su amigo de infancia, y no se siente cómodo con él. Parece que Oliveira quiere proyectar algunos episodios pasados en su realidad actual, y comienza a ver en Talita a una nueva Maga. Por otro lado, se ve a sí mismo reflejado en Traveler. Parece que nuestro protagonista atraviesa una de esas salas llenas de espejos que a veces hay en las ferias, y se construye una realidad en la que consigue implicar a Talita y a su marido. La situación entre los personajes es tensa, pero empeora cuando los dueños del circo compran una clínica para enfermos mentales. Los tres protagonistas se trasladan allí como empleados.

En general, la lectura de esta estancia en Argentina es mucho más fácil de leer que la historia francesa. Si el capítulo 34 nos tuvo en vilo en la primera parte, Cortázar hace lo propio con un inquietante y casi surrealista capítulo 41 en la segunda. Hay mucha más acción y los personajes son definidos con más profundidad.

Diré, a modo de conclusión, que ha sido un placer participar como lectora activa en esta obra tan exigente, adentrarse en este universo de Rayuela que incluye un divino cohete, un diccionario-cementerio con el que jugar y construir mundos, varios kibutz quiméricos, o un doppelgänger que se construye laberintos para encontrarse a sí mismo en la realidad, en la fantasía o en la nada, y una rayuela que muta en alegoría. Es un ejercicio inspirador pero complejo que deja muy buen sabor de boca. 

La próxima vez que me acerque a este libro será para jugar con la lectura alternativa propuesta por Cortázar. ¿Alguien la ha hecho ya? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario