jueves, 25 de junio de 2015

La hoja roja, de Miguel Delibes

Hoy me gustaría hablarles de la última lectura que hice. Se trata de La hoja roja, de Miguel Delibes. Es una novela que habla fundamentalmente de la soledad y otros problemas de la vejez.

En primer lugar quiero lanzar un mensaje a la gente que me lea desde Santa Cruz de Tenerife. Este libro del que les hablaré en las siguientes líneas lo adquirí en una librería situada en la calle Padre Anchieta de Santa Cruz  llamada SOLICAN. Recogen como donativos todos aquellos libros de los que la gente se quiere desprender, y los venden a precios populares. De hecho, pagué por este de Delibes, por El conde Lucanor y por La Divina Comedia (a los dos últimos libros daré un uso académico) solamente tres euros, con la garantía de estar colaborando con una buena causa, ya que el dinero recaudado sirve para diferentes proyectos sociales. Así que ya saben, tienen una doble buena oportunidad en el centro de la ciudad. No la desaprovechen.

Manejé una edición (la de la Biblioteca Básica Salvat) que cuenta con un prólogo excelente de Umbral (en esta ocasión no ha venido a hablar de su libro, con lo cual ganamos todos), que ahonda en la problemática que abordará Delibes en la novela. Son palabras cargadas de equilibrio y sabiduría, y que introducen al lector en el complejo universo emocional de un anciano al que se le van apagando una a una y sin remedio todas las posibilidades de agarrarse a la vida. 

La hoja roja cuenta la historia del viejo Eloy. El autor decide empezar su historia en un momento de su vida que supone un punto de inflexión y una perpetua incertidumbre: su jubilación. Según él la vida es exclusivamente una sala de espera, y esta sensación cobra más sentido cuando cesa la actividad laboral y tenemos tiempo de sobra para reflexionar sobre lo que fuimos y lo que nos queda por ser. Compara su vida con un librito de papel de fumar, y asegura que a él, con la jubilación, le ha aparecido el papel rojo que indica que le queda poco tiempo. 

Lo que mata poco a poco a Eloy es la soledad. Con el paso del tiempo es cada vez más consciente de que tiene más amigos en el cementerio que en la ciudad, y continuamente evoca aquello que le aportaron los que no están cerca para acompañarle en este momento crucial. Viudo de Lucita, una mujer que pareció ser fría e implacable, vive la ausencia de su esposa con cierto halo de naturalidad o resignación. Más le duelen, sin duda, las ausencias de sus hijos. Uno de ellos murió joven, y el otro dedicó su vida a opositar hasta enfermar, para terminar por irse a Madrid con su esposa, una mujer déspota que no valora en absoluto a su suegro. El rechazo de sus compañeros de trabajo y de otros personajes como el óptico completan este desolador panorama psicológico, esta soledad que mata. 

Paralelamente se cuenta la historia de Desi, la chica joven que sirve en casa de Eloy. Con una infancia complicada en un pueblo humilde de provincias, y criada en el seno de una familia desestructurada, decide irse a la capital a servir en una casa. Su mundo no es menos complejo que el del señorito, y está rodeada del chismorreo de las otras mozas que sirven en el edificio, de una supuesta amiga cargada de malas intenciones, y de un amor en el que solamente cree ella. Su historia, necesariamente, debe fundirse con la del viejo Eloy. 

Hasta ahora Delibes no me había defraudado, y no lo hizo tampoco con esta pequeña pero intensa novela. Con su manejo impecable del lenguaje recoge a la perfección las conexiones y diferencias entre los dos personajes principales. Por otro lado, nos transporta con facilidad a Castilla ya que no renuncia a reproducir los usos laístas tan característicos de su ciudad natal y del resto de provincias castellanas. El viejo Eloy no siente que su hoja roja venga determinada por la jubilación, ni por sus achaques, ni por las consecuencias mismas de la vejez. Lo que hace que Eloy se apague es la pérdida de calor de las personas que le han rodeado y a las que le ha unido algo, por más banal que esto sea. Delibes logra explicar esta característica de su personaje rodeándole de una candidez que le equipara a la inocente Desi, la chica que sirve en su casa. Dos personajes tan diferentes y pertenecientes a clases sociales tan alejadas se mueven por las mismas pulsiones, aunque quizá nunca lleguen a ser conscientes de este hecho. Lo malo es que este retorno a las cosas esenciales a veces llega demasiado tarde. Si no esperáramos a que nos apareciera la hoja roja en nuestro librito de papel de fumar, mejor nos iría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario