jueves, 11 de diciembre de 2014

Tres western diferentes

Aunque el viejo western no vive su momento de apogeo, y las generaciones actuales muy probablemente consideren un auténtico coñazo ver alguna peli de este gérneo (incluso si se presenta camuflada bajo una superproducción hollywoodiense, con actores de moda y directores que hagan una reinterpretación del cine sobre el viejo oeste alejada de los cánones), el western es un género eterno. Los paisajes en los que se rueda y los estereotipos que presenta nos ayudan a conformarnos una idea de un momento de la historia que los americanos han mitificado hasta el extremo. Los iconos y los símbolos son constantes en este tipo de películas, y forman parte de su encanto: las diligencias, las tabernas, los indios y su sabiduría, los vaqueros y su soberbia, el río, el oro, el sonido de aquellos disparos (panium, panium), la zarzaparrilla... John Ford y John Wayne surgen como las figuras más significativas de las pelis del oeste, y títulos como La fortaleza (1939) o  Fort Apache (1948) se han hecho un hueco eterno en la historia del cine.

Mención aparte merece el entrañable spaghetti-wester, que supuso una vuelta de tuerca a las bases del género clásico. Calificadas generalmente como pelis de serie B sin más valor que el anecdótico, dentro de esta revisión italiana de los sesenta encontramos joyas dignas de mención. Los duchos en la materia sospecharán que nos referimos a la genial trilogía del dólar firmada por Sergio Leone: Por un puñado de dólares (1964),  La muerte tenía un precio (1965)El bueno, el feo y el malo (1966).     

A este Aguacate le gustan las pelis del oeste. Aunque no sea nuestro género predilecto, todo hay que decirlo, de vez en cuando nos regalamos el lujo de ver un western y las disfrutamos bastante. Por eso hoy quiero hablarles de tres pelis que encajan necesariamente dentro de este género, pero que rompen con él de uno u otro modo y a las que vale la pena acercarse. Para que cambien su concepto de un género imprescindible en la historia del cine.

Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972)


Dirigida por Sydney Pollack, y protagonizada por Robert Redford, nos permite asistir a la transformación de un soldado que decide abandonar su vida en la ciudad y en la guerra para alejarse de los hombres y encontrarse con la naturaleza y consigo mismo. Empieza una relación especial y complicada con la montaña, más severa incluso que las imposiciones de la vida marcial a la que decidió dejar de pertenecer. Solo en las montañas y combatiendo los rigores de una climatología extrema, crece hasta convertirse en un hombre nuevo. Dos personajes aparecen en la nueva vida del protagonista: un cazador de osos que le enseña algunas claves de supervivencia en tan hostil entorno, y una india con la que empezará una relación y con la que descubrirá su faceta paternal (acoge a su hijo). Un ataque de los indios crow acabará con esta paz obtenida tras tanto caminar, y Jeremiah Johnson tratará de vengarse. Esta película es sencillamente conmovedora, tanto por la historia como por la interpretación de Robert Redford. En la mayor parte de la peli aparece solo, y apenas hay diálogo, pero  logra transmitir la sensación de soledad y libertad de un hombre que ha decidido dejarlo todo y vivir en las Montañas Rocosas. Por cierto, la fotografía es impresionante.

La venganza de Ulzana (1972)




Dirigida por Robert Aldrich en 1972, y protagonizada por Burt Lancaster, es a la vez un western atípico y una de las grandes joyas del género. Se aleja de lo mítico para aproximarse a la historia, pero no pierde el color de los primeros filmes del oeste. Está rodada en Arizona, y cuenta el fin de lo que conocemos como viejo oeste, ya que su punto de partida es la última de las Guerras Apaches. El revisionista Aldrich usó este género, a riesgo de incurrir en un aparente anacronismo,  para poner de manifiesto su rechazo a las rigurosas políticas de la administración Nixon, y con la intención de evocar el conflicto de Vietnam. Allí se resistió con la misma heroica firmeza de los nativos. Ulzana logra escapar de su reserva y pretende vengarse del mal recibido por el Ejército de los Estados Unidos atacando indiscriminadamente a cuantos civiles se pusieran a su alcance. Una partida de soldados de la Caballería tiene como misión frenar la venganza de Ulzana, pero se enfrenta a la dureza de los indios y al rigor de la tierra de Arizona. El tono es bastante violento, tal y como la trama requiere. Y es inevitable estar del lado de los indios, por más cruento que sea su comportamiento. Creo que el espectador de bien disfruta con las dificultades del ejército estadounidense. El tono idealista de la peli llega de la mano del personaje interpretado por Bruce Davison. Cargado de la ilusión propia del joven soldado, y plenamente convencido de su causa, se ofrece como voluntario para la difícil tarea de dar caza a Ulzana.Pero choca de lleno con la realidad y todo su sistema de valores se desmorona. El espectador asiste a una interesante evolución en este personaje. Pues eso: una de indios y vaqueros diferente y muy atractiva.

Pequeño gran hombre (1970)


Dejo mi favorita para el final. Arthur Penn dirige a un fantástico Dustin Hoffman que hace una completísima interpretación en esta peli. Una primera escena en la que un anciano de 121 años empieza a contar su trepidante vida a un inexperto e inocente historiador es el punto de partida de esta cinta. De niño, el anciano y su hermana fueron recogidos por unos indios que previamente habían arrasado con la caravana en la que viajaban. Los indios criaron al muchacho, mientras que su hermana decide tomar otros caminos. Es considerado como un indio más y recibe su nombre (Pequeño Gran Hombre) por su estatura y por su valentía. Aprende las costumbres de su nueva familia y se integra aparentemente en el grupo, pero tras un combate es "rescatado" por un protestante que lo lleva a su casa para criarlo junto a su mujer. Y aquí empiezan las peripecias que componen la tragicomedia de su vida. La mujer que se haría cargo de su crianza no era tan putiratana como se preveía, y su comportamiento hace que nuestro protagonista huya de situaciones surrealistas y violentas. Como su fuera un lazarillo, cae en manos de un vendedor ambulante con el que descubre una vida diametralmente opuesta a lo que su familia india le enseñó. También pone fin a esa etapa para seguir sumando experiencias: un matrimonio con una extranjera, y otro más tarde con una nativa, la creación de un negocio, varias incursiones en la tropa del general Caster (caricaturizado y desmitificado hasta el extremo), la reaparición de su hermana son algunos de los hechos y situaciones con las que el protagonista va completando su viaje de iniciación y que conforman el flash-back que resume la vida de Jack Crabb, o la de Pequeño Gran Hombre. En un tono mucho menos agresivo que la película anteriormente comentada (Pequeños Gran Hombre es una tragicomedia con un claro predominio del humor), Arthur Penn ofrece una visión diferente a la de los western tipo sobre el conflicto entre nativos y estadounidenses, y describe a los indios cheyennes como unos seres pacíficos, reflexivos y poseedores de una inteligencia ancestral fruto del contacto respetuoso con la naturaleza.

Sirva esta entrada como una invitación a todos aquellos que por uno u otro motivo se alejan de las pelis ambientadas en el antiguo oeste, o a los detractores de este histórico género. Déjense seducir por alguno de estos títulos, y cuéntenos en los comentarios si valió la pena. 

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