jueves, 3 de julio de 2014

Capitán de las sardinas, de Manuel Manzano

"Completó su atuendo con unos holgados pantalones de pana gruesa y una camisa de franela granate que no creyó inadecuados para los treinta y cuatro grados de la canícula estival. Se sentó en el borde de la cama y contempló sus dos pares de zapatos con detenimiento. Optó por los marrones de borlas en el empeine, reservando para el domingo los blancos de rejilla. Desayunó un Nescafé disuelto en agua fría del grifo, medio bote de garbanzos hervidos y un Ducados. Se ató la cartuchera al sobaco e introdujo en ella su pistola reglamentaria"

Así es Boris Beria Fuensanta, el policía llamado a resolver un caso de  asesinato  en un barrio de Barcelona que Manuel Manzano nos narra en Capitán de las sardinas (El Andén, 2007). Comparte con el resto de personajes de la novela ser víctima de unos terribles traumas infantiles no resueltos, y este hecho permite componer una trama hilarante que nos proporciona risas párrafo tras párrafo. Gabriel Saviela adquiere la libertad que nunca tuvo cuando asesina a su madre, y diseña una estrategia para no ser pillado por la policía que implica necesariamente convertirse en todo un asesino en serie. El primer asesino en serie ciego de la literatura. El descuidado policía cuenta con la ayuda de Nicodemo, un ser que consigue su ropa en la morgue y cuyo aspecto desagrada incluso a los menos escrupulosos. En su huida Gabriel intima con Manuel, un acomplejado y débil redactor de crucigramas para prensa que acumula fracasos en todo cuanto emprende y que, en ese preciso momento, está conociendo además el desamor, lo que supone su mayor momento de frustración.

Las situaciones disparatadas por las que pasan los personajes en esta parodia de las novelas policíacas nos recuerdan a la saga del detective sin nombre de Eduardo Mendoza (El enredo de la bolsa y la vida). Por este motivo no descartamos acercarnos a la siguiente aventura de Boris y Nicodemo, titulada El hombre de plastilina (2010).

Aunque la trama pierde fuerza cuando se acerca al desenlace y las situaciones absurdas van dejando a paso a la resolución del conflicto, más ordenada y esperable, las descripciones de los personajes y la narración de sus más penosos episodios compensan esta pérdida de uniformidad. Los capítulos son escenas muy breves, lo que sumado a su carácter ameno y a su redacción correctísima pero poco exigente, lo convierte en un libro entretenido, no apto (eso sí) para los amantes del género policíaco y de la novela negra. Supongo que no serían capaces de soportar la parodia sin cogerle manía al autor. Para los que preferimos el humor inteligente (del que el autor hace gala particularmente en sus descripciones) es una lectura de lo más sencilla y entretenida. Repetiremos.

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