lunes, 21 de julio de 2014

Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sénder

Escrita en el exilio, y de una sencillez conmovedora, esta obra de Ramón J. Sénder nos lleva al eterno concepto de las dos Españas. Paco el del Molino, el protagonista, aprende durante toda su vida las tareas del campo, los usos y costumbres del pueblo, y los diversos perfiles sociales del lugar y del tiempo (no determinados por el autor) en los que tuvo que vivir. Aprende a qué clase pertenece, y sabe diferenciarse perfectamente de los que no trabajan y conocen la tierra, pero viven de ella. Paco el del Molino es un campesino idealista con conciencia. El párroco del pueblo recuerda los momentos más determinantes de la vida del protagonista mientras hace tiempo para dar la misa por su muerte. 

La acción es breve y se construye en torno a las amargas reflexiones del párroco. En manos del lector queda descubrir qué inquieta el alma de este hombre. De estas reflexiones se desprende el carácter del pueblo y de sus gentes; a través de fotografías conocemos algunos de los personajes necesarios para la trama: los señoritos, los administradores de los terratenientes, las mujeres, el polémico zapatero.. De quien más datos tenemos es de Paco y de su padre, que participan en asuntos políticos al detectar cierta tendencia de cambio en el inmovilista sistema de principios del XX. La narración de la espera por los feligreses para celebrar la misa se alterna con los recuerdos del cura y con coplas y romances populares. No hay división en capítulos. 

La historia de Paco y de su pueblo es la historia de miles de campesinos y obreros en otros tantos lugares de aquella España oscura de la que fue víctima el propio autor de la novela que nos ocupa. Cuenta la historia de un hombre, pero también la de un bando contendiente en la Guerra Civil que asistía atónito a una barbarie contra la que era difícil pelear.

 "Al día siguiente hubo una reunión en el ayuntamiento, y los forasteros hicieron discursos y dieron grandes voces. Luego quemaron la bandera tricolor y obligaron a acudir a todos los vecinos del pueblo y a saludar levantando el brazo cuando lo mandaba el centurión. [...] Los campesinos creían que aquellos hombres que hacían gestos innecesarios y juntaban los tacones y daban gritos estaban mal de la cabeza, pero viendo a Mosén Millán y a don Valeriano sentados en lugares de honor, no sabían qué pensar". 

Cuenta la historia de los perdedores de la contienda, y de los vencedores morales de un conflicto cuya sombra es prolongada.El pasado 18 de Julio una manada de fascistas asentía orgullosa mientras otro hombre de iglesia proclamaba la conveniencia de un nuevo alzamiento con los descendientes del dictador Franco como testigo. Cuenta, pues, una historia vigente y universal a la que vale la pena acercarse.


jueves, 3 de julio de 2014

Capitán de las sardinas, de Manuel Manzano

"Completó su atuendo con unos holgados pantalones de pana gruesa y una camisa de franela granate que no creyó inadecuados para los treinta y cuatro grados de la canícula estival. Se sentó en el borde de la cama y contempló sus dos pares de zapatos con detenimiento. Optó por los marrones de borlas en el empeine, reservando para el domingo los blancos de rejilla. Desayunó un Nescafé disuelto en agua fría del grifo, medio bote de garbanzos hervidos y un Ducados. Se ató la cartuchera al sobaco e introdujo en ella su pistola reglamentaria"

Así es Boris Beria Fuensanta, el policía llamado a resolver un caso de  asesinato  en un barrio de Barcelona que Manuel Manzano nos narra en Capitán de las sardinas (El Andén, 2007). Comparte con el resto de personajes de la novela ser víctima de unos terribles traumas infantiles no resueltos, y este hecho permite componer una trama hilarante que nos proporciona risas párrafo tras párrafo. Gabriel Saviela adquiere la libertad que nunca tuvo cuando asesina a su madre, y diseña una estrategia para no ser pillado por la policía que implica necesariamente convertirse en todo un asesino en serie. El primer asesino en serie ciego de la literatura. El descuidado policía cuenta con la ayuda de Nicodemo, un ser que consigue su ropa en la morgue y cuyo aspecto desagrada incluso a los menos escrupulosos. En su huida Gabriel intima con Manuel, un acomplejado y débil redactor de crucigramas para prensa que acumula fracasos en todo cuanto emprende y que, en ese preciso momento, está conociendo además el desamor, lo que supone su mayor momento de frustración.

Las situaciones disparatadas por las que pasan los personajes en esta parodia de las novelas policíacas nos recuerdan a la saga del detective sin nombre de Eduardo Mendoza (El enredo de la bolsa y la vida). Por este motivo no descartamos acercarnos a la siguiente aventura de Boris y Nicodemo, titulada El hombre de plastilina (2010).

Aunque la trama pierde fuerza cuando se acerca al desenlace y las situaciones absurdas van dejando a paso a la resolución del conflicto, más ordenada y esperable, las descripciones de los personajes y la narración de sus más penosos episodios compensan esta pérdida de uniformidad. Los capítulos son escenas muy breves, lo que sumado a su carácter ameno y a su redacción correctísima pero poco exigente, lo convierte en un libro entretenido, no apto (eso sí) para los amantes del género policíaco y de la novela negra. Supongo que no serían capaces de soportar la parodia sin cogerle manía al autor. Para los que preferimos el humor inteligente (del que el autor hace gala particularmente en sus descripciones) es una lectura de lo más sencilla y entretenida. Repetiremos.