sábado, 10 de mayo de 2014

Un poema de verano

Suben las temperaturas. El verano llama a la puerta con insistencia, y cada año los finales de primavera son más cálidos. El monte peligra y debemos permanecer alerta con la mirada fija en nuestras cumbres. Suben las temperaturas y viene a nuestra memoria aquel poemario de Samir Delgado titulado ¡El monte se quema!, que es un lamento por los incendios estivales a los que parece que nos hemos acostumbrado los que vivimos en este archipiélago, pero también una llamada a nuestra conciencia y a la relación que tuvimos con nuestro entorno antes de convertirlo en lo que es hoy. Es, según el propio autor, una "herramienta para no perder la memoria y mantener la conciencia despierta, para que no se vuelvan a repetir los errores del pasado y en cada rincón de nuestras cumbres y medianías estemos alerta para salvaguardar el más preciado de nuestros tesoros naturales: la riqueza de nuestros bosques que han sido y serán el pulmón que da vida a las islas". 

Las palmeras de masca

Bajando por el Roque de Tarucho
todo parecía una profunda olla quemada.

Hacia abajo en el lugar del crimen un sin fin de curiosos turistas
tocaban el claxon por cada curva con destino seguro al paraíso
un paraíso que amaneció oliendo a despojos de madera chamuscada
y sus rostros fingían abollados por el calor de la suprema ignorancia
fotografiando aquellas sombras tostadas de las palmeras de Masca. 

Bajando por el Roque de Tarucho
ya nada parecía igual que antes.

Ahora las tejas tradicionales estaban planchadas en carne viva
todo el barranco yacía sofocado sin apenas sitio para el vuelo de los cuervos
en una sola noche la asfixia macabra alcanzó los umbrales de cada puerta
desalojando la tranquilidad de un rincón mimado por el coro de las islas
que miraban incrédulas aquellas siluetas fúnebres de las palmeras de Masca.

Bajando por el Roque de Tarucho
toda la gente parecía tropezar con una pesadilla.

Nada parecía verdad, pero allí estaban las arcadas de negro porvenir
acechando a los cogollos desolados por el más triste de los destierros
todas las tuneras desinfladas por la embestida cruel del fuego
que provocó aullidos de espanto entre los perros de los paredones
de esa noche infernal que nunca debió llegar y nadie jamás imaginó.

Bajando por el Roque de Tarucho
todo el mundo espera la llegada de otra mañana.

Para ver nuevamente el péndulo del tiempo detenido en el paraíso
un paraíso coloreado otra vez con sus mejores galas para todo el pueblo
que verá renovada su cosecha de antaño entre los surcos fértiles del valle
recibiendo al visitante con el fabuloso peinado de las palmeras de Masca. 

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