lunes, 4 de noviembre de 2013

Yo, Quevedo, de Moncho Borrajo

Ayer me di una vuelta por España con Moncho Borrajo. Acercó a Santa Cruz su espectáculo Yo, Quevedo para, como siempre, no dejar títere con cabeza. Moncho Borrajo se interpreta a sí mismo, que ante la situación actual del mundo del teatro tras la imposición del IVA del 21 % (recuerden que la pornografía sólo paga un 4%: en palabras de Borrajo esto es “terrorismo cultural”), se hace pasar por loco para ser ingresado en un centro de rehabilitación de artistas. Dice ser Quevedo, identificación más que acertada por su capacidad de creación, su ingenio y su dominio del lenguaje, y plenamente justificada al principio de la obra por la comparación de la España regida por el Conde Duque de Olivares con la actual. Una vez presentada esta situación, Moncho se dedica a poner muchos puntos sobre las íes: tiene palabras para la monarquía, para la clase política en general, y para algunos de sus más ilustres representantes actuales (particularmente Montoro), para la ciudadanía, para los corruptos, para los banqueros, para el público… Tiene dardos, pues, para todos.

Es un espectáculo en el que uno se ríe mucho, es cierto, pero quizá en algunos momentos se abusa demasiado del “caca, culo, pedo, pis”, de la escatología y de las palabras malsonantes. Lo poco agrada, pero lo mucho cansa. El genio aprovechado para verter la rabia contenida de un actor comprometido con su público y su profesión, llega a un equilibrio con esta parte de la función construida con la palabrota y el mal gusto.





Pero el valor real de esta obra, más allá del propio espectáculo, llega cuando se cierra el telón y habla el más auténtico Moncho, lejos del artificio de ninguna interpretación. Y habla al público hasta que le sonroja. Conocedor de la realidad de la isla, lanzó un reproche a las autoridades que no favorecen que vengan producciones de la península, y otro al público, que cuando los teatros hacen propuestas parece no responder. Según Mocho Borrajo, y no le falta razón, si los Cabildos se pusieran de acuerdo no sería  tan poco rentable acercar las producciones que triunfan en Madrid y compaginarlas en la cartelera con las apuestas locales, y así conseguir una oferta atractiva que congregue al público ante el escenario. Pero incluso si llegara a ser así, en pleno puente en Noviembre, y con un sol propio del verano, parece que la gente ni se plantearía ir al teatro, y que el plan estrella sería ir al sur al típico “todo incluido” fácil y que implica no pensar en nada durante tres días. ¿Quién quiere interrumpir ese planazo con incómodas, aunque divertidas, reflexiones sobre este país que cada día es más fácil confundir con una enorme pandereta?

No hay comentarios:

Publicar un comentario