miércoles, 27 de noviembre de 2013

Carnaval 1 - Teatro 0

Hace ya un par de fines de semana tuvimos ocasión de asistir a la  función de La casa de Bernarda Alba que la compañía Timaginas Teatro representaba en el Teatro Guimerá, en nuestra Santa Cruz de Tenerife. Quien suscribe se declara respetuoso admirador de Lorca, más incluso de su teatro que de su genial poesía, y más aún de la persona llena de sensibilidad e inteligencia que tuvo que ser en vida el escritor andaluz. La historia de la literatura nos demuestra que pocos hombres han sabido captar el dolor de la mujer dominada por el sistema patriarcal y eminentemente machista en la España de principios de siglo como lo hizo Lorca. Sus obras, particularmente Yerma y la que nos ocupa, son emotivas y dolorosas. La cercanía que transmitía Lorca en sus obras por su buen hacer como dramaturgo hace que pronto sintamos empatía por las protagonistas,  y que nos hagamos partícipes de su dolor. Hace que sintamos que algo se mueve dentro de nosotros, y nos da una bofetada de realidad cuando nos cuestionamos si realmente hemos superado esa etapa con la profundidad necesaria. Son obras desgarradoras que transmiten una realidad cruel que invita a una seria reflexión pausada sobre nuestra historia reciente, más aún cuando “libros” como Cásate y sé sumisa van tomando posiciones en las listas de ventas.

Pues bien, mi pregunta es entonces por qué escuché carcajadas del público en cada uno de los tres actos de la pieza, incluso en escenas como la final, en la que la rebelde Adela se quita la vida al dar por hecho que su madre ha matado al amor de su vida, para luego dar órdenes al resto de la casa con el fin de que nunca se desvele que la muchacha tuvo relaciones con el prometido de su hermanastra. Trágico, ¿verdad? Pues a mucha de la gente que estaba en el teatro, para escándalo del abajo firmante, le parecía graciosísimo.

¿Qué pensaría Lorca de esas risas? ¿O qué pensarían muchas de las mujeres que se vieron destinadas a obedecer por sistema, sin cuestionar nada? ¿Qué pensarían las actrices que sobre el escenario, representando tanto dolor, escuchaban esas reacciones?

Es necesario señalar que la fiesta que tenía el público no viene motivada por  una actuación desacertada del elenco que dio vida a estas sufridas hermanas y a esta feroz madre. Al contrario: es todo un lujo asistir a cualquier función de esta compañía que se ha consolidado ya en su labor educativa a través del teatro, y que muestra un profundo respeto por los clásicos basado, como es obvio, en un proyecto que incluye un detallado estudio del texto, de los personajes, y del movimiento literario y autor al que corresponden. Es una delicia ver cómo estos jóvenes actores apuestan por los clásicos, y ver con qué mimo los cuidan y representan. Les felicito por ello muy sinceramente. Por otro lado, la representación fue a favor de una buena causa,  lo que les honra aún más. De modo que, como es evidente, no se reían porque lo hicieran mal, ni mucho menos.

Una cosa más sobre aquella jornada de teatro. Al llegar al Guimerá se oía un carnavalero y ensordecedor ruido. Ante la inminencia de las fechas navideñas, pensamos que podía tratarse de un acto anunciador de las fiestas que, como saben, cada año se adelantan más. Nada más lejos de la realidad. El Aula de Cultura del Carnaval había congregado allí a los seguidores de la religión carnavalera con el fin de reunir a murgas, comparsas y demás asociaciones para, supongo, hacer balance del pasado carnaval (recordemos que esto que narro sucedió en este mes de  Noviembre…), o para prepararse para el próximo. El acto coincidía con el comienzo de la obra, asunto del que no se dio cuenta ni a los propios empleados del teatro que, como podían, explicaban la circunstancia a los asistentes a la función, que tuvimos que esperar a que todo el mundo cantara en aquel improvisado escenario para poder disfrutar de nuestra obra. La función se aplazó para que este show, realizado con el permiso del ayuntamiento, por supuesto, y retransmitido por la televisión autonómica para toda Canarias, se llevara a cabo. Y los que vengan al teatro, que se esperen, y que no protesten. A falta de pan, el circo se hace imprescindible.

Quizá quienes tanto se reían de los males que Lorca nos transmitió, debían haberse quedado bailando samba carnavalera, tan fácil de digerir y tan festiva.



domingo, 17 de noviembre de 2013

USA

No sucederá, pero por si acaso los Estados Unidos de América deciden, en su estúpida e inhumana campaña de espionaje, acercarse al contenido de este blog, que sepan lo que este blog pioensa de ellos.


lunes, 4 de noviembre de 2013

Yo, Quevedo, de Moncho Borrajo

Ayer me di una vuelta por España con Moncho Borrajo. Acercó a Santa Cruz su espectáculo Yo, Quevedo para, como siempre, no dejar títere con cabeza. Moncho Borrajo se interpreta a sí mismo, que ante la situación actual del mundo del teatro tras la imposición del IVA del 21 % (recuerden que la pornografía sólo paga un 4%: en palabras de Borrajo esto es “terrorismo cultural”), se hace pasar por loco para ser ingresado en un centro de rehabilitación de artistas. Dice ser Quevedo, identificación más que acertada por su capacidad de creación, su ingenio y su dominio del lenguaje, y plenamente justificada al principio de la obra por la comparación de la España regida por el Conde Duque de Olivares con la actual. Una vez presentada esta situación, Moncho se dedica a poner muchos puntos sobre las íes: tiene palabras para la monarquía, para la clase política en general, y para algunos de sus más ilustres representantes actuales (particularmente Montoro), para la ciudadanía, para los corruptos, para los banqueros, para el público… Tiene dardos, pues, para todos.

Es un espectáculo en el que uno se ríe mucho, es cierto, pero quizá en algunos momentos se abusa demasiado del “caca, culo, pedo, pis”, de la escatología y de las palabras malsonantes. Lo poco agrada, pero lo mucho cansa. El genio aprovechado para verter la rabia contenida de un actor comprometido con su público y su profesión, llega a un equilibrio con esta parte de la función construida con la palabrota y el mal gusto.





Pero el valor real de esta obra, más allá del propio espectáculo, llega cuando se cierra el telón y habla el más auténtico Moncho, lejos del artificio de ninguna interpretación. Y habla al público hasta que le sonroja. Conocedor de la realidad de la isla, lanzó un reproche a las autoridades que no favorecen que vengan producciones de la península, y otro al público, que cuando los teatros hacen propuestas parece no responder. Según Mocho Borrajo, y no le falta razón, si los Cabildos se pusieran de acuerdo no sería  tan poco rentable acercar las producciones que triunfan en Madrid y compaginarlas en la cartelera con las apuestas locales, y así conseguir una oferta atractiva que congregue al público ante el escenario. Pero incluso si llegara a ser así, en pleno puente en Noviembre, y con un sol propio del verano, parece que la gente ni se plantearía ir al teatro, y que el plan estrella sería ir al sur al típico “todo incluido” fácil y que implica no pensar en nada durante tres días. ¿Quién quiere interrumpir ese planazo con incómodas, aunque divertidas, reflexiones sobre este país que cada día es más fácil confundir con una enorme pandereta?

viernes, 1 de noviembre de 2013

Jalogüín

Un representante de la iglesia católica aseguró estos días que no respeta la fiesta de Halloween porque es pagana y porque el Papa no la avala dando una homilía “vestido de Pokemon” (esto es tan surrealista como cierto), como si el Papa y los obispos no ejercieran su ¿oficio? vestidos de bichos raros.


No es quien suscribe particularmente defensor de esta adaptación española de la noche de los muertos que, a pesar de su origen celta, es ya tan identificable a los norteamericanos. No entraré a hablar de tradiciones, pero si diré que me quedo con el Tenorio. No obstante lo cual, cuando escucho a personajes como el que nos ocupa diciendo sandeces como que Halloween es una fiesta que no mueve al amor ni a la paz, sino que pretende asustar, me pregunto cómo cree que se siente un niño antes de ser acosado por uno de los párrocos enfermos que pueblan las iglesias de esta país laico, o en qué parte del acto de quemar personas por leer libros hay amor y paz. Tampoco me parece muy inspirador el sistemático apoyo de la iglesia a los regímenes totalitarios, ni su peculiar gestión de herejes. No es un acto de paz arrasar culturas y evangelizar a cualquier precio, ni que la religión y sus dogmas pululen por nuestras escuelas a sus anchas. 


El entrañable Juan Pablo II, alias Te quiere todo el mundo, reparte amor y paz al lado del simpático Pinochet.

No sé si me asustan más los niños que puedan llegar a la puerta de mi casa al grito de “¿Truco o trato?”, o un señor con un vestidito blanco que dice ser el enviado del señor. Lo dicho, me quedo con el Tenorio.