miércoles, 10 de abril de 2013

Religiones

Nunca asistiré a un bautizo. Siempre he pensado que imponer a una criatura entrar en una comunidad como la cristiana significa hacerles cómplices de, entre otras cosas, violaciones de niños, apoyos a dictadores asesinos.... Es más, supone acercar a un hijo (que debe ser lo que uno más quiere en este mundo) a ser una víctima más de esta milenaria secta. Cuanto más contacto tenga con la iglesia, más posibilidades tiene, ¿no? Por no entrar en el adoctrinamiento católico que le convertirá en un idiota para toda la vida. Allá los padres y su ignorancia profunda si quieren que sus hijos sean instruidos en la existencia de un ser imaginario (creo que los psiquiatras llaman a eso paranoia), y si quieren exponerlos a que el párroco de su barrio les toque.  Yo no seré testigo de semejante acto. 

Las redes sociales se escandalizan hoy porque se ha legalizado que los rabinos de Nueva York chupen los penes de los bebés tras la salvaje circuncisión (sí, amigos: así de surrealista es). Me pregunto si nos escandaliza porque es horrible, o porque nos pilla de sorpresa y aún no hemos tenido tiempo para digerirlo. Porque la pervivencia de las religiones en muchas esferas de nuestra sociedad ha sido y es posible por nuestra tolerancia, por nuestra desidia y por nuestro conformismo.

A mí también me puso los pelos de punta lo que hacen a esos pobres niños los rabinos, pero más me asusta el poder de estos grupos para dormir masas. Más que asustarme, me asquea que esos succionados niños de hoy hagan lo mismo con sus hijos. Antes de bajarnos de los árboles no éramos tan idiotas. La religión es la prueba más evidente de que involucionamos sin remedio. 

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